Una  historia para reflexionar: Tras asistir a una conferencia del famoso naturalista Louis Agassiz (1807-1873), una desconocida se quejó de que nunca había tenido oportunidad de aprender: Como respuesta , el doctor Agassiz le preguntó a qué se dedicaba, a lo que contestó que ayudaba a su hermana pelando papas y cortando cebollas.

Él le pregunto: Y, señora, ¿dónde se sienta mientras realiza estas interesantes aunque prosaicas, tareas?
-En el primer escalón de las escaleras de la cocina.
¿Dónde pone los pies?
-En un suelo de mosaicos vitrificados.
¿Qué son los mosaicos vitrificados?
-No lo sé, señor.
¿Cuánto tiempo lleva sentándose en el mismo sitio?
-Quince años.

Mire, señora, ésta es mi tarjeta personal, dijo el doctor Agassiz. ¿tendría la amabilidad de enviarme una carta comentándome las características de los mosaicos vitrificados?

Ella se lo tomó en serio. Lo busco en el diccionario (hoy en Google), leyó un articulo y descubrió que los mosaicos son de caolín vitrificado y silicato de aluminio hidratado. Como  no sabía lo que quería decir, lo buscó. Recorrió museos; estudio geología; acudió a un almacén de venta de ladrillos y aprendió sobre más de 120 clases de mosaicos y azulejos. Entonces redacto un tratado de 36 páginas sobre el tema de los mosaicos y azulejos vitrificados, que envío al doctor Agassiz.

Éste le escribió ofreciéndole pagar 250 dólares si le permitía publicar el artículo. Después le preguntó: ¿Qué había debajo de los mosaicos?

Ella contestó: “Hormigas”. Y él le pidió: “Cuénteme algo sobre las hormigas”.

Entonces empezó a investigar a fondo las hormigas y acabó redactando 360 páginas sobre el tema, que envió al doctor Agassiz. Éste lo publicó en forma de libro y, con las ganancias, la señora pudo viajar a lugares que siempre había querido visitar. 

Para recordar: No existen cosas poco interesantes, existen personas poco interesadas.